Tumultos y cacerolas, señales de alerta en Uruguay

En dos lugares casi extremos de la escala social pudimos comprobar que el agua se filtra en la bodega del barco. En Cordón, Pocitos y Punta Carretas sonaron las cacerolas a causa del tarifazo; en Marconi se dieron hechos de violencia impensados años atrás.



La reacción en Marconi se originó a partir del intento de detención de dos adolescentes por la denuncia de robo de una moto. Según el informe oficial, los menores eran culpables y estaban armados, mas ahora surgen testimonios que afirman lo contrario y fuere como fuese que sea, uno tiende a pensar que si se manifestó tamaña ira popular, lo más plausible es que se cometió primero alguna brutal arbitrariedad. Al menos, el lector coincidirá conmigo que la policía no actúa con los mismos modales en Carrasco y en Marconi. Como sabe todo aquel que quiera enterarse, los detenidos de las clases bajas, en aras de una confesión, son sometidos a tratos que no condicen con nuestra ufana recuperación democrática. Así que, en un principio, la gente reaccionó ante una nueva prueba de la saña policial y sus arbitrariedades y en ese tumulto se sumaron otros que aprovecharon la movida para sacar algún beneficio personal, por lo que se entreveran aquí varias cuestiones: por un lado, y esto es evidente, la gente del Marconi está harta, tanto de la ineficiencia como de la metodología policial, por no mencionar su ética; por otro lado, no están satisfechos con sus perspectivas de vida; y agregado a esto, unos pocos están dispuestos a mejorar su condición a costa de los bienes y la salud de los demás y con certeza responden a algún tipo de organización non sancta.

Ojalá éste hubiera sido un hecho aislado, pero nada está más lejos de la realidad. En ciertos barrios el maltrato policial se hace costumbre y la ira crece y gracias, entre otras cosas, al tributo que pagamos a la estúpida criminalización de las drogas, las organizaciones delictivas aumentan y ganan poder al tiempo que el control del Estado decrece.

Mas por un momento alejemos la vista de esta zona candente y vayamos casi al otro extremo de la pirámide. Uno ha leído unas cuantas burlas al caceroleo, una reacción a “la queja de los chetos”, olvidando que la central sindical también rechaza la suba de impuestos.
Lo primero que se puede decir del nuevo tarifazo es que el gran punto del gobierno, es decir, que no afecta a los que perciben poco (un 60% de la población gana menos de 600 dólares) se convierte en un poderoso argumento contra el gobierno. Dejando este disparate retórico de lado, propio de quien está desorientado y habla sin pensar en las consecuencias, uno debe considerar que la manifestación de cualquier clase social puede ser indicadora de algo más vasto, algo que va mucho más allá de esa clase social. Las cacerolas no sonaron en ninguno de los anteriores gobiernos del FA y no suenan ahora sólo por el aumento de impuestos (los impuestos, si se mueven, siempre es en ascenso) sino porque crece el descontento al tiempo que a los adeptos al FA se los ve con el rabo entre las piernas. Sin Ancap, Pluna y la licenciatura, no hubiera existido caceroleo. Sin corrupción, burradas y cargos de confianza innecesarios, no hubiera existido ceceroleo. Apenas importa el lugar en donde salte el descontento. Si no existiera un run run generalizado no hubiera surgido la queja en los barrios de la clase media alta, no se les hubiera ocurrido, no se hubieran animado, no se hubiesen incentivado por el boca a boca. No entender esto es no entender nada. Es una afirmación soberbia, pero eso no le quita un ápice de verdad.

Las estadísticas podrán decir lo que quieran decirnos los que hacen las estadísticas, pero nada hay más brutal que un hecho. Vivimos las consecuencias de la imprudente apuesta a la lotería de las commodities. No aprovechamos el tiempo de bonanza para hacer un esfuerzo por diversificar nuestra producción. La tierra continúa un sostenido ritmo de extranjerización y el latifundio crece como una mancha de aceite, mientras mil doscientas familias productoras abandonan el campo cada año, con el consiguiente deterioro del tejido social. La inversión en innovación y desarrollo es raquítica; las exoneraciones de impuestos a las megaempresas, innecesarias. La educación se encuentra en un tobogán directo hacia la nada; la administración pública es tan incompetente ahora como antes. Habida cuenta del deterioro social, el asistencialismo no parece haber dado frutos elocuentes; nuestra calidad de vida empeora al tiempo que aumenta la inseguridad, y para dar una última pincelada a esta pintura tan poco promisoria, sentimos que el dinero que nos exige puntualmente el Estado en forma de impuestos, luego no es administrado con sabiduría.

Pareciera en vano decir que ningún gobierno se ha animado a dar el necesario golpe de timón; mas es preciso reconocer que esta situación penosa no sólo es responsabilidad de gobiernos y flacos partidos políticos. Alguien le dio el voto a este gobierno y a esta oposición que como oposición es una miseria. Si no tornamos a pensar en una alternativa al país latifundista y agroexportador, donde se instalan las megaempresas como en su feudo, la fractura social se profundizará en tanto más gente reclame “mano dura para los pichis del Marconi”.

Podemos hacernos los desentendidos o podemos mirar la realidad de frente. En última instancia, las macanas del gobierno, este arrojar el barco a la corriente del capital trasnacional, también es resultado de una ciudadanía acrítica y prescindente. No el gobierno, es la República la que está en crisis y si no tomamos conciencia de que una república muere si no la oxigenan los ciudadanos, en vano nos lamentaremos de ver subir el agua desde la bodega.

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