La geopolítica de la guerra y Brzezinski (I)

Tras la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1991, los Estados Unidos de América (EUA) se creyeron tan invencibles como Goliat, regentes del mundo como imperio, porque ya no tendrían frente a sí al enemigo de todo el periodo de la guerra fría, el representante del comunismo (los rojos) con quien protagonizaría la carrera armamentista, atómica y espacial, a partir de la década de los 50.



Como El Gran Fracaso, así calificó el especialista más influyente en seguridad nacional de Jimmy Carter (1977-1981) –también consejero de Kennedy y Johnson–, Zbigniew Brzezinski el derrumbe –un balance más propagandístico que serio–; y ningún país tendría, a partir de entonces, la capacidad de revelarse o ponerse al tú por tú porque el poderío militar y nuclear estadounidense quedaba intacto, el soporte principal de la maquinaria industrial de guerra del Pentágono.

Otros, voceros del imperio, izaron como nunca la bandera de grandeza del modo de vida americano, como Francis Fukuyama en su obra El fin de la Historia, con el garlito de la “democracia liberal” protagonista del “punto final” de la humanidad. El liberalismo, ideología y materialismo puros como guía pragmática de los EUA y modelo a seguir para el mundo.

Ante este nuevo escenario, los sucesivos gobiernos estadounidenses, como el de William Clinton, harían creer a sus socios europeos que la multilateralidad llegaría para quedarse. Pero en la práctica harían todo –apoyados por sus amigos de siempre, los ingleses– para imponer esa suerte de unipolaridad imperial, y por ello amenazar con el control geopolítico desde finales del siglo XX y el arranque del XXI.

EUA, con una economía dominante y acostumbrada a las ganancias desde los tiempos de la II Guerra Mundial, tanto por las millonarias ventas de armamento como las inversiones para la reconstrucción europea, tras la caída del “socialismo real” –o el “realmente existente”– su arrogancia imperial le impediría, pues, reconocer algún rival competente.

Más recientemente, al cambio de siglo y para perpetuar el control sobre el mundo, la Casa Blanca, los halcones del Pentágono y los asesores de la “seguridad nacional” y el FBI, crearon el escape ideal, el mejor pretexto para seguir con “la guerra por todos los medios”, haciendo uso de la geopolítica y violando sin el menor recato el derecho internacional –las Naciones Unidas en jaque, así como apuntalar la viabilidad del Pentágono por el Congreso, para seguir el negocio de las armas como en tiempos de la carrera armamentista–, y desde Washington se inventaron la “justicia infinita” para “prevenir al pueblo estadounidense de ataques del exterior con armas de destrucción masiva”.

Fue esa campaña propagandística al estilo hollywoodense para engañar al pueblo y al mundo tras el 9/11, léase el ataque televisivo a las Torres Gemelas de Nueva York y al edificio pentagonal en Washington, que funcionó a la perfección para justificar las intenciones del clan Bush de ir tras Al Qaeda –el terrorismo se erigiría como la nueva amenaza de la civilización de Occidente–, invadiendo Afganistán primero para cazar al ex socio Osama bin Laden, y luego perseguir al “aborrecible” Sadam Hussein bajo el garlito de las “armas de destrucción masiva” –nunca encontradas ni probadas por el secretario de Estado Colin Powell–, para luego quedarse con el petróleo iraquí. Voracidad imperial por el control de las fuentes energéticas de gas y el petróleo de la “Cuna de la Civilización”.

Otra expresión de la vocería que anticipaba la nueva contradicción de la civilidad occidental del mundo moderno, de gran utilidad para seguir en guerra por los intereses de las multinacionales estadounidenses del petróleo (en Irak se apersonarían pronto exdirectivos de Enron y Exxon, así como los Bush y Dick Cheney, el vicepresidente), fue el ensayo de Samuel P. Huntington, Choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial de 1996, a efecto de emprender el despliegue militar y amenazar a quien sea: “O estás con nosotros o estás con los terroristas”, diría George W. Bush en septiembre 2001, por lo que un año después –así, sin otra justificación que la violación de cualquier base mínima del derecho internacional– se daría a conocer la lista de aquellos países catalogados como pertenecientes al “eje del mal”: Irak, Irán, Corea del Norte, primero; luego Libia, Siria y Cuba; más tarde Bielorrusia, Myanmar y Zimbabue, todos enemigos potenciales porque así lo dictaban los halcones o los think tanks; nomás por eso.

Declive del poder de EUA

Pero como no hay mal que dure 100 años, ni país que lo resista. Y la rueda de la historia no avanza a brincos sino a vuelcos; una vez que se toca la cumbre comienza el descenso y en algún momento se llega al abismo. Los imperios tampoco son eternos, por muy fuertes que se crean o dominantes; el romano, el inglés, el español, etcétera, ninguno resiste la corrosión del tiempo. De ahí la máxima de Borges: “El que mira un reloj de arena ve la disolución de un imperio”, poema en La Cifra de 1981. El propio Brzezinski, con su Visión Estratégica: América y la crisis del poder global, de hace cuatro años, describió lo que llamó las fortalezas y las debilidades de los EUA. Tesis justificadoras, como buen “americano” (de origen polaco, claro), orientadores pero poco creíbles (como la exposición tendenciosa del derrumbe de la URSS).

Busca no analizar cuanto justificar lo que llama “los efectos geopolíticos del declive del poder norteamericano”, en el sentido que “el declive” de tal poder “conlleva necesariamente un caos planetario y a situaciones muy conflictivas, y nada prósperas”. O lo que es lo mismo, o vives con el enemigo en casa y te aguantas o te aguantas porque no tienes otra; como ley de hierro oligárquica.

El alguna de sus obras, Brzezinski reconoce también que en “toda la historia” los imperios declinan “en algún momento”, y ahora –tesis de la Visión Estratégica, de 2012– “con el auge (sic) de Asia (y) en el contexto del poder internacional, Occidente entró en una fase de decaimiento”1. Eso sí, Occidente (con EUA a la cabeza) no está terminando su supremacía global por sus propias contradicciones internas, sino por el “decaimiento” del exterior, un planteamiento tan falaz como increíble. Lo que define una, cualquier dinámica obedece a contradicciones o conflictos internos; lo de afuera condiciona, más no determina.

Sin otra razón de fondo ni creíble, justifica Brzezinski, EUA es el único gestor capaz de sobrevivir a Occidente, con “activos y pasivos”; ni más ni menos que su capital o potencial para su política exterior. Solo depende de cómo logre “solucionar ciertos asuntos internos” que mancillan el “sueño americano”; que no son ciertos sino sus propios cimientos y preceptos que están en las últimas.

Según nuestro autor, el superasesor con gran influencia en gobiernos como el de propio Barack Obama, los pasivos de EUA son: i) déficit fiscal, fruto de la deuda nacional; ii) daños causados por el sistema financiero, consecuencia de la crisis financiera del 2009; iii) aumento de la desigualdad social; iv) deterioro de la infraestructura; v) ignorancia pública sobre los asuntos del exterior y política exterior; vi) bloqueo político desde el Congreso sobre varios temas.

En cambio los activos, no se diga más: a) fuerza económica, pese a la crisis financiera; b) potencial de innovación; c) dinámica demográfica; d) capacidad de movilización reactiva ante retos, como Pearl Harbor y la carrera espacial; e) posición geográfica; f) democracia.

Curiosamente la balanza se inclina siempre a favor de los EUA. Por no ser economista pero en cambio licenciado en Arte, Brzezinski desatiende el fondo de los dilemas económico-financieros. La prueba está en que EUA no encuentra hoy, medidas novedosas a la crisis financiera de 2008, sino aquellas que profundizan el caos con idénticas acciones. En otras palabras, las contradicciones de la nación imperial son más profundas que cualquier descripción de Brzezinski. Los “activos” no son tales y los “pasivos” resultan peores. EUA es una economía a punto de estallar, con problemas fiscales graves, financieros dañinos, desigualdad desbordada, etcétera. Como reza: “Pero por favor, no permitan que América decline demasiado rápido” (Ibídem).

No obstante, “América no fallará”, palabras del superasesor. Y si fallase no parece probable que vaya a ser sustituido por otro poder hegemónico equiparable, China por ejemplo, dicta. Las debilidades chinas son numerosas y precisamente no menores, agrega. Si EUA falla, lo que nos espera es un mundo multipolar, más inestable, quizá caótico; una realidad internacional hacia el 2025 de inestabilidad manifiesta en distintas aristas. “No habrá grandes ganadores y sí muchos perdedores”, cierra Zbigniew Brzezinski. Sin los estadounidenses, el caos, según su prospectiva hacia el primer cuarto del siglo XXI. Todos deben seguir sometidos al yugo del imperio decadente, porque lo contrario es el oscurantismo, las guerras, los bloqueos, las drogas, las corruptelas, el yugo neoliberal de las economías, sin deuda de los países, sin pobreza y muchos etcétera.

De los vecinos de China –¡ah, de sus vecinos!–, nuestro autor vaticina que “ven como una seria amenaza ese auge y harán todo lo necesario para demorar o abolir la posibilidad de una supremacía china mundial. Y, hablando de la política exterior de Rusia, India y Japón, “evitarán o afectarán el auge chino”. Seguimos en la Visión Estratégica.

Los otros “estados débiles” que son “vecinos de los poderes regionales sin la intervención del liderazgo norteamericano, como ocurre con Georgia, Ucrania y Bielorrusia con respecto a Rusia; o Taiwán con respecto a la República Popular de China. También analiza –el autor– lo que acontecerá con Afganistán y Pakistán, y por supuesto con Israel y el Medio Oriente. Brzezinski plantea como un aspecto que merece mucho más desarrollo que el dado en el libro, el papel que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) deberá tener en esas circunstancias, y si Rusia debería ser parte de dicho tratado a fin de ayudar a consolidar la democracia en dicho país y además para que sirva como elemento estabilizador ante las potenciales crisis en su vecindario”.

Al cierre de sus planteamientos, el también asesor de cabecera de Obama plantea la “volatilidad geopolítica de Eurasia y cómo (los) Estados Unidos deben actuar para afrontar los retos que esa volatilidad supone.” Para lo anterior, en el Este (la región del Pacífico, con China, Japón, Taiwán y las Coreas) EUA debe ser un “conciliador y balanceador de los intereses contrapuestos”; en el Occidente (EUA y sus socios europeos), debe ser el “promotor y garantía de la revitalidad de la cultura occidental.”

Recreación de falsa bandera

Y, pues nada. Resulta que un año después, el flamante Brzezinski cambió de ideas, las clarificó o actualizó. Más seguro es decir que las adecua muy sigilosamente, como para no llamar la atención sobre los objetivos reales de la geoestrategia de largo plazo que posee el Occidente civilizado contra los incivilizados de Oriente. Que, entre otras cosas, incluye un relanzamiento de la OTAN vía su amenazante expansión hacia las fronteras con Rusia. Siempre amenazante con intentos de recrear los escenarios del anquilosado desorden mundial de guerra fría.

No es la guerra fría, pero como si lo fuera. Al menos es lo que pretenden imponer por la fuerza de la propaganda de los medios de comunicación vendidos y bajo estricto control; los medios son empresas para el negocio de la información ideológica imperial. Hacia octubre de 2013 nuestro autor vino a decir que ninguna de las potencias mundiales existentes podría alcanzar ya la hegemonía; se terminó la época del gran hegemón. Hegemón en quiebra. ¿Pero cuáles potencias, si hacía apenas unos meses no había países más grandes que EUA, al menos en su análisis? Luego pasa que la terca realidad se impone y da de topes a los mejores ideólogos y fieles guardianes del mundo libre.

“Es cierto que nuestra posición dominante (en la política internacional) no es la misma que hace 20 años”, dijo en la Universidad John Hopkins. También que desde 1991 su país no gana una guerra. Se refiere a la llamada Tormenta del Desierto, cuando sí ganó con la invasión Irak. Ya entonces, para apoderarse del petróleo, avanzó en una operación militar, la más avasallante e impacto que iniciara Bush padre y terminaría el hijo presidente con ardid de falsa bandera del 9/11, el llamado choque de civilizaciones entre Occidente y el demonizado Oriente.

Recula pues, cuando asegura que su país debe entender que el mundo actual es mucho más “complicado y anárquico” que en los años de la guerra fría, por lo que la acentuación de sus valores o la convicción del excepcionalismo y universalismo son prematuras. Se le movieron las fichas del ajedrez global a Brzezinski. O la realidad le modificó sus conclusiones o le cambió las piezas.

Atrás quedó, luego entonces, la creencia de que EUA sería el único dominante de la globalización; la única potencia capaz de mantener la estabilidad y el equilibrio entre aquellos países inestables. El caso es que o la geopolítica le modificó el mundo a los EUA, o a EUA la realidad le movió el tapete, y ahora ni los alfiles de la planeación estratégica y de seguridad nacional saben en dónde están parados. A la pérdida de control imperial se le sigue nombrando “anarquía” como antes, desorden o incivilidad. Nada como la hegemonía de los gringos por el mundo, porque lo es todo: guerras, hambre, saqueos, invasiones, amenazas, exterminio, etcétera.

Porque la geoestrategia tiene varias aristas (que analizaremos en nuestra segunda parte). El caso por ahora, basta decir, que el flamantísimo asesor del presidente Obama habría planteado que su país debía tomar el control de Ucrania, de Azerbaiyán, de Corea del Sur, Turquía e Irán. Cercar a Rusia y controlar sus fronteras. Hacia allá apunta la geopolítica moderna occidental.

Sobre Rusia, nuestro autor pone una lápida o se refiere a este país como Eurasia, región a la que EUA debe afrontar por su “volatilidad”, dice Brzezinski. No trata del resurgimiento ruso en el mundo de la geopolítica con Vladimir Putin, en los últimos años. ¿Cuál es la volatilidad que representa Rusia hoy? Mejor dicho: ¿Qué problemas les genera Rusia a sus vecinos, que demanda la intervención occidental? ¿Lo qué sucede en Ucrania es amenaza rusa? ¿Qué pasó en Croacia? ¿Quién le genera problemas o volatilidad a quién; Oriente a Occidente? ¿Los incivilizados a los civilizados? A esto Brzezinski calla. Él trata lo que conviene, como buen guardián del decadente imperio. Artilugios de falsa bandera. Para justificarse.

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1 Ver: http://bit.ly/2bAYTpR.

@sal_briceo

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