Entre la impotencia opositora y una “salida” postergada (al menos) hasta 2018

La manifestación convocada por la oposición tuvo, sin duda, una importante participación, superior a las marchas celebradas en los últimos tres años, aunque tal vez de una dimensión inferior a aquellas realizadas por la oposición en 2002, que desembocaron en el frustrado golpe, con la aquiescencia de algunos mandos militares que ya no están.



Hasta ahora, las publicitadas quejas y acciones de la oposición venezolana sirvieron para ocultar la verdadera crisis sudamericana: el golpe en Brasil. La destitución de Dilma fue simultánea con una movilización de la oposición venezolana y con las maniobras para sacar a Venezuela del Mercosur. ¿Casualidad?

En un clima previo de glorificación del enfrentamiento, cargado de un triunfalismo que tenía como perspectiva lograr que, a partir de “la toma de Caracas”, Nicolás Maduro tendría que convocar al referendo revocatorio, la oposición imaginaba de esa manera poner fin al actual gobierno. Todo terminó con una marcha pacífica. Su continuidad como “cacerolazos” está lejos de las amenazas previas sobre “tomas” de edificios públicos para arrancarle la convocatoria al mencionado “revocatorio”.

Las características de la marcha no calzaron con las expectativas de los principales dirigentes, especialmente la rama violenta de la oposición, de que se trataba de una marcha insurreccional para derrocar al gobierno, alentando una conciencia claramente subversiva, dispuesta a utilizar cualquier método violento. Las amenazas y el ultimátum se convirtieron en un bluff y éste en el descalabro para la credibilidad ya deteriorada de sus principales dirigentes. En las llamadas redes sociales circularon imágenes y vídeos donde los marchistas más radicales criticaban a sus propios dirigentes.

El gobierno de Nicolás Maduro, a pesar de navegar en un mar de dudas, también movilizó a su militancia. Ésta ocupó sitios estratégicos y con su movilización y las tareas de inteligencia, el gobierno logró diluir las amenazas golpistas de la oposición.

Para estar acosado, desgastado, sometido a una inflación (y desabastecimiento) brutal y a una guerra psicológica agresiva, en realidad es un triunfo de Maduro haber logrado esos niveles de ocupación de la avenida. No es fácil llenarla y así lo reconocen críticos al gobierno. Explicar esta asistencia numerosa solo por los recursos públicos que maneja el gobierno es injusto: la defensa de un ideal, de un sueño, de una esperanza, de una historia generó (incluso días antes) expresiones de autorganización.

Fueron también fundamentales en el último mes la acciones de desmontaje del aparato militar y terrorista de sectores opositores, en especial de Voluntad Popular. Importantes sumas de dinero, equipos de guerra y de logística, información electrónica y militar eranj parte fundamental de las fuentes de la violencia sangrienta. La detención de algunos jefes de “comandos” (en la frontera con Colombia y en Caracas) desarticuló una de los puntas de la estrategia de la oposición. Lo interesante es que esta desarticulación contó con la colaboración de los sectores “no violentos” que conviven en la MUD.

La campaña de intriga emprendida por la oposición en torno a la Gran Toma de Caracas, devenida luego en simple “toma” (que tampoco lo fue), gozó de una importante cobertura mediática (dentro y fuera de fronteras) y logró captar la atención de sectores políticos, económicos, religiosos, educativos… y sobre todo el imaginario de la prensa internacional.

Obviamente, la convocatoria opositora tuvo como estímulo el palpable descontento de la ciudadanía (sobre todo de clases media y alta) por el desabastecimiento, la inflación, la inseguridad. Lo que algunos analistas señalan como una “progresiva desintegración del gobierno” y las encuestadoras dan una evaluación negativa de la gestión, “la peor en 18 años” . En verdad no “tomaron” Caracas: llegaron hasta su bastión del este rico de la capital.

Detrás de los planes desestabilizadores (y en algunos casos subversivos), la razón explícita y formal fue la de exigir celeridad en el proceso de convocatoria a un referendo para revocar el mandato del presidente Nicolás Maduro.

Pero la MUD desvió el propósito político de su convocatoria y el revocatorio no fue el protagonista, sino las carreras presidenciales de Henry Ramos Allup y Henrique Capriles, convirtiendo la protesta en un acto proselitista, con peleas por el micrófono y un errático, aguado, disperso discurso final de “Chúo” Torrealba en el podio, con la previsible decepción de las bases opositoras.

No era conveniente para la oposición que se produjeran muertos en ese escenario (como en 2014), porque tratan de mostrarse en el mundo como demócratas pacifistas, mientras acusan al chavismo de violento, libreto escrito desde Washington y que repite el secretario general de la OEA, entre otros. Las acciones violentas en esa marcha hubieran ido en contra de la imagen que quieren vender y con la posibilidad de sumar nuevos presos. Y por eso los focos violentos se centraron en Táchira, en la frontera con Colombia, por ejemplo, y no en la capital, una mayor caja de resonancia.

Existe un evidente divorcio entre dos Venezuelas que no dialogan, quizá ni se reconocen y suelen reencontrarse en coyunturas electorales o en las calles. Hay necesidad de tener visiones diferentes de la realidad, pero no llegar a lo ridículo: José Vicente Rangel, respetado vocero comunicacional del Gobierno dijo que a la “Toma de Caracas” asistieron unas 30 mil personas; el vocero de la MUD, Jesús Torrealba, manifestó que se trataba de ¡un millón! (sic) de militantes de la oposición.

En los últimos dos años, el chavismo había evitado enfrentarse en las calles a la oposición. Los muertos del 2014 fueron causados por la irresponsabilidad política de sectores de la derecha.

Pero este despliegue propagandístico de la Gran Toma opositora, “ha despertado y convocado el musculo chavista que lenta y gradualmente se había adormecido, burocratizado, oficializado. Ante las pretensiones de la oposición, reacciona y muestra su fuerza y compromiso en importantes concentraciones en el interior del país, suerte de campaña que cierra en Caracas, un día antes del 1 de septiembre, fecha que ya no es coto privado de la oposición”, señala la socióloga Maryclén Stelling.

El dialogo que hace falta y el que no buscan las cúpulas es un multidiálogo, que contemple al conjunto de actores políticos y sociales coexistentes y que en primer lugar aborde las soluciones urgentes a la crisis de alimentos y medicinas que hoy enfrenta el país, necesidades que no esperan una resolución de la crisis institucional. Y que no se resuelven mágicamente por la realización del Revocatorio, señala Marea Socialista, opositora al gobierno desde la izquierda.

¿Y ahora qué?

De todas formas, el escaso éxito de la movilización desde el punto de vista político y de la asistencia no condujo a que se concretara la salida de Nicolás Maduro de la presidencia y la expectativa creada representa hoy un nuevo elemento de tensión. Un tuit lanzado por opositores se viralizó esa misma noche: #MalditaMUD

¿Qué va a pasar cuando a final del año no hayan logrado nada, ni revocatorio, ni salida de Maduro, ni elecciones regionales?

“La base social de la derecha amanecerá en enero con un ratón (resaca alcohólica) moral de alto calibre y probablemente más desmoralizada que nunca, víctima de una nueva estafa, de un nuevo fraude”, señala el analista Néstor Francia. Lo cierto es la derecha criolla entró, a lo interno, en un callejón sin salida, añade.

Cabe recordar que desde 1998, cuando la primera victoria de Hugo Chávez, la derecha siempre ha contado con una base electoral grande y su porcentaje de seguidores ha rondado, con vaivenes, cifras del 40%. El crecimiento de la oposición –o más bien el decrecimiento de los votantes del bolivarianismo- no significa que el oficialismo haya perdido respaldo: en esta sucesión de flujos y reflujos, lo que se afianza es la polarización. “La salida” está hoy en las elecciones presidenciales de 2018, como estaba pautado, cuando podría -o no- decidirse una alternancia en el gobierno, la primera desde 1999.

Lo cierto es que la derecha muestra logros en el frente externo que, sin dudas, era uno de sus principales objetivos. Se hicieron la foto, la publicaron por todo el mundo como muestra de su (escasa) fuerza, buscando apoyos para la “salida” en una intervención foránea. El peligro es que estos sectores más antidemocráticos manden al diablo a los electoralistas y utilicen abiertamente el camino del terrorismo.

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