Crítica de “Raúl Sendic. Por la huella de Artigas”, de Daniel Chavarría

El retrato cautivador y certero de un hombre (uruguayo, revolucionario, marxista) ciertamente irrepetible



El escritor uruguayo, afincado en Cuba, Daniel Chavarría (1933) declara en su nota inicial para este libro su intención de hacer acopio en él de lo mucho y bueno disponible sobre el fundador de los tupamaros para construir, con el añadido de algunos testimonios personales recogidos, una novela que sirva para sintetizar y acercar al público la vida y el pensamiento de un personaje imprescindible en las luchas sociales de Latinoamérica. El resultado del proyecto, moldeado en una prosa franca y sugestiva, cuajada de jugosos uruguayismos que van explicados en un apéndice, desborda estas expectativas para tejer el retrato cautivador y certero de un hombre ciertamente irrepetible.

Raúl Sendic Antonaccio nace en 1925, de madre italiana y padre vasco, en el departamento de Flores, en cuya capital, Trinidad, hace los primeros estudios al tiempo que ayuda en la finca de su abuelo materno en el ordeño y reparto de la leche. Da muestras entonces ya de la avidez lectora y la pasión por la justicia que marcarán su vida, y en seguida, el que todos llaman “el Bebe”, empieza a escribir en Rebeldía, una publicación estudiantil de izquierdas. El latifundismo que dominaba el campo uruguayo se convierte pronto en su bestia negra, y se compromete a completar el magno proyecto de Artigas de liberar a su país de esa lacra. A principios de 1945 viaja a Montevideo y comienza la carrera de Derecho, mientras se gana el pan trabajando en un bufete en el que permanecerá hasta su partida de la capital en 1957. Sus vestimentas y modales se van afinando en esta época, pero no llegarán nunca al atildamiento.

Progresando en estudios y lecturas, el Bebe aprende a descubrir la realidad profunda de la historia en la mejor literatura, y sabe también de la perra vida de peones explotados en granjas y arrozales. En 1947, tras la muerte de un hermano menor al que idolatraba, y buscando paliar el dolor con un derroche de actividad, se afilia al Partido Socialista, en el que su prestigio crece rápido, aunque sus posturas combativas fuerzan un distanciamiento respecto a Emilio Frugoni, fundador y máximo dirigente. En 1951, a falta de dos asignaturas, abandona los estudios de Derecho, quedándose con el título de Procurador que le otorga el cuarto curso aprobado, y empieza a ejercer como laboralista. Hacia 1957, comprende que la transformación social del país requerirá sobre todo la atención a las clases más desfavorecidas del este y el nordeste. Su plan es destapar esa gran podredumbre y estimular así la solidaridad con los explotados, pero ello lo llevará a oponerse a las políticas de socialistas y comunistas, apoyados en sectores obreros más prósperos.

Ese mismo año de 1957, el fracaso de las marchas de los arroceros del este que tratan de exponer sus reivindicaciones en Montevideo lo lleva a comprometerse en su lucha y hacer un esfuerzo por organizarlos. Establecido en Paysandú en 1958, a principios de 1961 va a vivir a Bella Unión, cerca de la frontera con Brasil, donde funda la UTAA (Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas). Los abusos de las compañías son denunciados en los ministerios, pero la pasividad del gobierno, vendido a ellas, obliga a una huelga. Ésta poco a poco va tensándose y acaba en sublevación, con ocupación de la sede de una empresa que hace a esta ceder y pagar lo atrasado. La primera marcha a la capital de la UTAA tiene lugar en abril de 1962, y arropada por amigos en todo el largo camino llega a Montevideo para el 1º de mayo. Las justas demandas de los peludos capitaneados por Sendic se hacen oír, pero han de enfrentar al gobierno, la prensa sobornada y el amarillismo sindical.

En 1963 el nuevo plan del Bebe contempla la ocupación de tierras improductivas en el norte por parte de los cañeros, pero comprende que será necesario defenderse de los milicos que vendrán a desalojarlos, y al mismo tiempo buscar el apoyo de la multiforme izquierda uruguaya. Con una requisa de armas ese año comienza las acciones del que después se conocerá como Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros). Apresados varios de los asaltantes, Sendic, que logra escapar, ha de pasar a la clandestinidad. Las condiciones de vida de los cañeros son desesperadas, y en 1964 tiene lugar la segunda marcha de la UTAA sobre la capital, que suma un amplio respaldo. Siguen otras en 1965 y 1968, mientras el sindicato se fortalece con nuevos y valiosos líderes. 1968 marca el inicio también de una intensa actividad guerrillera de los tupamaros contra la extrema derecha en el poder; requisan armas, atracan bancos, organizan fugas y airean los trapos sucios del gobierno y la oligarquía. El libro profundiza en las más sonadas de estas operaciones y describe las torturas a que eran sometidos los detenidos.

Sendic y parte de la cúpula del MLN (T) son capturados en 1970, con lo que el movimiento se concentra en secuestros con vistas a un canje y en laboriosos planes de evasión, que son recordados con lujo de detalles. Por fin, el 7 de septiembre de 1971, tras construir un túnel desde el interior hasta una vivienda próxima al penal y comunicar las celdas horadando tabiques y suelos, ciento seis tupamaros, entre ellos Raúl Sendic y Pepe Mujica, se dan el piro de Punta Carretas. El movimiento trata en seguida de reorganizarse, aunque con divisiones dentro de él. Sendic viaja a Paysandú, donde reemprende la actividad guerrillera, pero las delaciones provocan una cadena de arrestos y el propio Bebe cae en septiembre de 1972. Un disparo en la boca lo deja además con dificultades para hablar y comer que durarán años. Las condiciones del cautiverio son atroces, y sólo mejoran a partir de 1979 por las presiones internacionales. Hay tiempo entonces para escribir cartas que colaboren a la educación de sus cinco hijos, y también para opúsculos sobre economía, política o historia.

En 1985, con el regreso de un gobierno constitucional, los tupamaros presos son liberados y el movimiento acepta participar en la contienda electoral. Raúl Sendic brega incansable difundiendo sus famosos cuatro puntos: reforma agraria, nacionalización de la banca, negarse a pagar la deuda externa y aumentos salariales para recuperar el poder adquisitivo. No obstante, esta etapa de activismo político va a ser breve, porque ya en 1988 le diagnostican la enfermedad de Charcot, trastorno degenerativo incurable que produce la atrofia de los músculos, incapaces de moverse por la desmielinización de los nervios periféricos. En febrero de 1989 viaja a París para ser tratado de su mal y allí fallece el 28 de abril. Su entierro en Montevideo fue una multitudinaria demostración de afecto al hombre que reveló a sus compatriotas las miserias y bajezas morales que escondía en su seno la pretenciosa “Suiza de América”.

Raúl Sendic sufría una incapacidad congénita para tolerar las injusticias y los desmanes de los poderosos. Este rasgo de su carácter moldeó su vida, llevándolo muy joven a recoger el testigo del proyecto de Artigas. Más cercano a la autogestión obrera que al centralismo democrático, erudito y estratega, abogado y guerrillero, el que todos conocían como el Bebe trató siempre de buscar los medios adecuados para combatir a una oligarquía corrupta que sólo sabía crear explotación y pobreza a su alrededor y reprimir ferozmente cualquier disidencia. Con Raúl Sendic. Por la senda de Artigas, Daniel Chavarría nos aproxima a esta figura emblemática, pero su amor por recrear la estela y las vivencias de los demás personajes, principales y secundarios, de la gran trama hace que el libro acabe siendo además un fresco narrativo de las luchas sociales en aquellos años decisivos y un potente recurso literario para entender la historia.

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